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Diferenciar la adrenalina propia de la ajena

Diferenciar la adrenalina propia de la ajena

sé bueno contigo mismo, suelen decir los ingleses. A modismo sin traducción directa que se asocia al bienestar íntimo, al equilibrio, a cierto grado de felicidad, a una armonía entre mente y cuerpo. Quizás un estado ideal pero no imposible. ¿Cómo lograrlo cuando nos embarga todo lo contrario: la angustia banal, la pelea por lo nimio, el enojo, la risa como forma de comunicarse?

Una idea : no dejarse llevar por la primera sensacion que a menudo es de furia, de desencanto, de un malhumor que necesita agredir aunque sea con la palabra. Ante todo, pues, calma, muchach@s. Luego, saber diferenciar entre la adrenalina propia -esa que entusiasma- y la que llega envenenada como condena de los demás. No suelen ir de la mano y uno termina actuar para los porque -¿por falta de lo que hay que tener?- no sabemos otros legitimar la propia ilusión. Imaginémonos como autores de un libro, de una historia: los grandes relatos salen de las entrañas, no de las sugerencias ajenas. Escribamos, en esos momentos, nuestra particular trama, no la que se supone relevante. Si no, estamos condenados a ser marionetas.

Y tropezones. Seguro que aparecerán y si los tomamos como algo endiablado vamos rumbo a la derrota. Las líneas rectas, además de nos ser usuales, tampoco nos fortalecen. Como dicen en los gimnasios: «¿Querés un cuerpo sólido como el roble? Pues lleva años, como el crecimiento del árbol”. Si sabes mar las caídas con prudencia, vamos a escuchar que es parte de un proceso y dejaremos que nuestro atraviesen, no que se estanquen muestre amargura y una dosis de incomodidad existencial que se traduce en el rostro, en el cuerpo, en el humor.

Entre tanto atolladero, la verguenza tambien juega su rol. ¿Nos ponemos colorados -así sea en nuestra imaginación- por decir no o por sostener alguna meta que a otros les parece peligroso o un sinsentido? Si nos pasa -que a casi todos- empecemos a desmarañar la paja del trigo. More pecar de determinante, pero al menos claro: el día que dejemos de respirar va a hacer tarde. Ahora es el momento para explorar qué deseamos.

Por Betania Malavé