En el cartel del festival madrileño han coincidido pimientos rojos picantes (que alcanzó su estatus legendario en aquella década), Liam Gallagher, Primal Scream y El prodigio, que aun no habian actuado al cierre de esta cronica. Y la sensación general fue de estar asistiendo a un gran simulacro. As imitadores de sí mismos y recuperando las canciones de sus años de gloria, canciones asimiladas ya por la cultura popular y vaciadas así de su espíritu rupturista original, ofrecieron alpiste para devotos nostálgicos.
A esa tarea se entregaron Red Hot Chili Peppers, en uno meritorio esfuerzo por camuflar la decadencia creativa en el que llevan atascados desde hace dos décadas. Ahora ellos son los dinosaurios del rock que tocan nuevas canciones intrascendentes con mucho ímpetu y poca pegada y que, sí, sobreviven aferrados a viejos himnos interpretados a la medida de las expectativas de su audiencia.
Llenazo total en el recinto de villaverde alto, 70,000 personas, una tercera parte de ellas extranjeras, para ver al grupo de Kiedis, Puce, Frusciante… Números míticos en el panteón del rock posmoderno.
Es cierto que si el espectador nunca ha visto en directo a pimientos rojos picantes haya quedado razonablemente impresionado. Han ganado oficio, no han perdido músculo y sus mejores canciones funcionan como canonazos. pero Sí, pero…
El arranque con una larga mermelada lanzó un primer mensaje: somos unos virgueros. Bien, no era eso, pero vale, enlazaron con ‘Around the World’ y el trance quedó olvidado porque es una canción gigante y la mejor parada que pueda tener cualquier viaje a lo desconocido, aunque en este viaje resultará que todo era bien conocido.
Las canciones de su disco ‘Californication’ (‘I Like Dirt, la propia ‘Californication’) y un epiléptico ‘By The Way’ fueron el aliento intermitente del concierto. La solidez de ese repertorio ya clásico en sus propios términos ha provocado que el grupo californiano lleve más de 20 años interpretándolo exactamente igual. Fue una lástima que no incluyeran más de esas canciones gloriosas y se empeñaran en incluir todos sus discos desde entonces, perfectamente intrascendentes.
La vertiginosa y turbulenta locura de más de los 90 y la plenitud de los principios del 2000 ha evolucionado hacia una representación eficaz, que en general la enorme muchedumbre apiñada celebró, coreó y disfrutó. Tocan de primera, mantuvo el carisma, Kiedis conservó la voz y el arranque y suenan compactos, pero nuestros seguidores hicieron pimientos rojos picantes por la promesa de peligro y emoción. Y por una canción simplemente mejor. El bis con ‘Give It Away’ fue el efímero recuerdo de esa leyenda.
¿Tanto dar la murga para esto, Liam?
Exactamente cuatro semanas después de entrar en la final de la Champions League, Liam Gallagher Interpretó el guión del festival Mad Cool y dirigió los cantares ‘Morning Glory’ y ‘Rock ‘N’ Roll Star’. Y las decenas de millas de personas que aguantaban bajo el sol solo han podido pensar una cosa: ¿Cuándo vuelven los diablos? ¿Oasis?
Ha pasado un mes desde que el ciudad de Manchester ganó su primera Copa de Europa. Esa noche del 10 de junio, Oasis ya era trending topic en Twitter, posición que mantuvo todo el día 11.
La culpa es de Liam (tener la culpa es su especialidad).
El cantante ha insinuado, bromeado y jugueteado con la reunión de Oasis desde hace un montón de años, pero el runrún ha intensificado esta primavera celeste. Él sería el mayor beneficiado con el regreso más grande del rock británico, pues su hermano Navidad, que es compositor, productor, guitarrista y cantante, manteniendo su carrera solista con mucha más solvencia, por no decir dignidad. «Estoy listo», respondió Liam en mayo al enésimo fan que preguntaba en la red social si Oasis volvería en el caso del Manchester City ganara la Champions.
El City ganó la Champions, los Gallagher lloraron de alegría, pero aquí estamos nosotros un mes después escuchando a Liam con unos cuantos jornaleros del rock cantando de mala leche «Esta noche soy una estrella del rock and roll». Y no es lo mismo.
Noel Gallagher, el hombre que una vez dijo que no conocía a nadie tan rico como él, liquidó el grupo en 2009. Desde entonces ha concentrado todo su ingenio en ridiculizar a su Hermano. «Llámame tú, a ver qué tienes que decir», el retó recientemente en el bbc, asegurando que está burrido de que Liam vaya ilusionando a la gente con un posible regreso y que, si tanto le apetece, simplemente que le dé un toque no conserva el teléfono de su odiado hermano).
Hasta ese hipotético momento, aquí tenemos a Liam con 50 años, unas maracas de atrezzo, una sudadera con capucha a más de 30 grados y su viejo truco de siempre. Tras los dos primeros zambombazos de Oasis, que se déstaron amortizados como esos fuegos artificiales que salen haciendo mucho ruido y luego estallan flojuchos, seguido unas cuantas canciones anodinas de sus discos en solitario.
Después, otro intermedio celebrado de Oasis con las baladas ‘Stand by Me’ (muy coreada) y ‘Roll It Over’ (perfectamente ignorada) y la más crujiente ‘Slide Away’, al que siguió un nuevo paréntesis de canciones en solitario y resoplidos por el calor y miradas perdidas y charlas con los amigos y recargas de cerveza. Al final, tampoco ‘Cigarettes & Alcohol’ sirvió para mejorar la sensación de hastío. Solo ‘Wonderwall’ y ‘Champagne Supernova’ ofrecen un gigantesco karaoke colectivo.
Es decir, casi el mismo concierto que ofreció el año pasado en el Fiesta de Cala Mijas en Málaga y en O Son do Camiño de Santiago de Compostela.
A estas alturas, Liam ya es como un artista tributo a sí mismo. Sigue cantando pop-rock con la actitud y el fraseo del punk, plantado frente al micrófono como si lo estuviera insultando oa un punto de estrangularlo. Pero su actuación sin filo, rutinaria, no es más que alpiste para devotos nostálgicos.
El hueso grito primitivo de Bobby Gillespie es cada vez más lejos de aquel comando suicida que borboteaba adrenalina con su barrera electrónica y el muro de ruido de Kevin Shields. Ahora con el acompañamiento de un grupo vocal de aire góspel y ese arquetipo de rock and roll setentero que tan bien recreaban en los 90 fueron correctos, pero demasiado comodones. Y hacer un guiño al ‘Sympathy for the Devil’ de los Rolling Stones en ‘Loaded’ fue una obviedad tremenda. Like a tiburón amaestrado que da golpes con el morro a una pelota.
Cumple con los criterios de
El proyecto de confianza
cortar más
