El hueso macrofestivales se han convertido en el agujero negro de la música, un fenómeno de alcance universal que no sólo engulle el propio arte, sino que también absorber y triturar todo lo que tiene a su alcance: artistas y promotores, derechos laborales y del consumidor, salas de conciertos y presupuestos públicos, vecindarios y medios de comunicación.
Un agujero negro cuya energía turbocapitalista y extractivista devora de forma desaforada mientras fomenta un hiperconsumismo irracional, que desaparece precios y acentúa las brechas de acceso a la cultura, que condensa el consumo musical en pequeños días hasta desbordar la capacidad humana y concentra la negociación en cada vez menos manos, que géneros desmesurados flujos de turistas y reducir la música a un elemento secundario, sin embargo no anecdótico. Y, por supuesto, cuanta más materia engullen esos agujeros negros, más crece su campo gravitatorio y más difícil es esquivar su influjo. Por donde pisan algunos macrofestivales no vuelve a crecer la hierba.
En el reportaje de TV3 Alcarràs, la otra cosecha, un joven agricultor de la provincia de Lleida lamentó las condiciones de vida de quienes cultivaban la tierra ante el creciente monopolio de las grandes distribuidoras de fruit y verdura. Acorralado por una tendencia que se le antojaba imparable, lanzó una aplastante pregunta: «¿Qué queremos: un territorio más rico o más ricos en el territorio?». Agricultura y cultivo: misma energía.
Los macrofestivales centrifugan y trituran en cuestión de horas la cosecha musical de todo un año y consuma los recursos que ha llevado doce meses conseguir. Pero el compostaje que podría generar no fertiliza el territorio. Esas explanadas de cemento o arena enmudecerán el resto del año (a menos que llegue otro macroevento). Habrán acogido un bacanal de capitalismo extractivista tras la cual, muy a menudo, sólo quedará un enorme cráter cultural. Ninguna sorpresa: los macrofestivales no son eventos que cuestionen las reglas del capitalismo. Más bien las celebran y las aceleran.
Los macrofestivales no funcionan como aspersores que riegan el terreno, sino como embudos de nutrientes: de subvenciones, de patrocinios, de artistas, de géneros musicales, de profesionales cualificados, de materiales, de jóvenes reservas que podrían estar renovando el sector pero que acabarán engullidos por su fuerza centrífuga, de grupos que cuentan entre ellos para la atención de un público que antes compartieron… Sembrar en otras épocas del año mantiene el subsuelo despierto. Sembrar en otras zonas de la geografía impide que el terreno se agote. Hay una diferencia sustancial entre cultivar un territorio y expressirlo hasta dejarlo estéril. Pero la dinámica de los macrofestivales suele ser la segunda.
Hemos oído hablar durante décadas de festivales internacionales, festivales multitudinarios, festivales exclusivos, festivales estratégicos… Ya empezamos a oír hablar de festivales innovadores, festivales sostenibles, festivales inteligentes, festivales comercio… Tal vez ha llegado la hora de aparcar tanta palabrería que perpetúa la misma idea y antítesis plantar y frontal un modelo de macroevento potencialmente depredador. ¿Qué tal un festival fértil? Si los festivales de música son allí eventos culturales, por lo demás, aunque generen algo más que insumos económicos, deberían afirmar que enriquecen el territorio de otras maneras: abonándolo con nutrientes para que en su ausencia este pudiera seguir floreciendo, acogiendo y afianzando prácticas culturales. Ya, sí, pero ¿cómo sería un festival fetil? ¿Qué características lo identificarían? ¿Qué aspecto tiene?
Necesitamos un modelo de festival del cual la actividad cultural crezca de forma descontrolada, como las plantas en el bosque
Imaginemos, por ejemplo, un festival que no triture el territorio, sino que lo nutra; que no fomentemos una relación estresante con la música, sino digerible; eso articula comunidades, y no sólo acumule masas de gente; que no moleste al vecindario, sino que despierte su interés; que no explote a sus protagonistas ofreciéndoles to car a change of exposition mediática, sino que los ayude a connect con su público; que tampoco explota a sus trabajadores con sueldos de mierda y horarios agotadores, sino que fomenta una ocupación de calidad.
Un festival más equitativo y menos piramidal, en el que los músicos se sientan realizados y no tratados como mercancía, que fomente la cooperación y no la competencia; que riegue, pero no inunde; que potencia el encuentro entre artistas y no la rivalidad; que ningún aboque al público tiene un consumo desaforado, sino consciente; que anteponga la comodidad a la productividad; que establezcan alianzas con los agentes culturales del territorio, en lugar de aniquilarlos; que se integra en el territorio, en vez de aterrizar como un paracaidista; ese desarollo un espíritu crítico entra en su público, en vez de perseguir solo su bolsillo; que fomente la diversidad, y no la clonación; que cultiva un ambiente inclusivo y no exclusivo, un ambiente donde el alcohol y las drogas no tienen más importancia que la música, un ambiente en el que las personas de todas las edades pueden sentir un gusto.
En un país donde la música siempre ha sido sinónimo de fiesta y donde la cultura nunca ha tenido un encaje social sano y capilarizado, cuesta imaginar unos festivales fértiles
Un festival en el que no sólo suban los precios, sino también los sueldos; eso enriquezca a los trabajadores de la cultura, y no sólo a hotels y restaurantes, y que, en caso de mjorar el nivel de vida de la ciudad, mjore el de todos y no el de sólo unos pocos. Un festival a partir de la actividad cultural creciese de forma descontrolada, como esos bosques donde arbustos, matorrales y herbáceas de todas las especies brotan, enredan y alimentan danse siglos en una relación interdependiente y fructífera que ne demanderá la supervisión de un ser superior, ese conseguirr plenipotenciario, que unas veces es el organizador del macrofestival, y otras, el concejal de Fiestas.
Este festival no existe, por supuesto. Porque un festival puede ser depredador por tres motivos y fértil por otros dos. Puede expresar recursos públicos de forma desmedida y, en paralelo, fomentar un entorno inclusivo. Puede ser militantemente localista y explotar a sus trabajadores. Puede destinar todos sus beneficios a entidades sociales y ser un escaparate para blanquear la imagen y el prestigio de un banco. Puede tener una politica de cuidadosa con los ocultos artistas emergentes, pero ser ecológicamente devastador. Puede programar con sensibilidad por la diversidad de géneros y désenserse de la condición social. Puede renunciar a la masseicación, pero seguir proponiendo días maratonianos y agotadores.
Que las capas fertilizadoras de un festival acaben dominando e imponiéndose a su tendencia depredadora depende principalmente de los organizadores del evento, pero, también, de unas Administraciones que hasta ahora sólo se han preocupado por el impacto económico, y no por el impacto social, cultural y medioambiente. La única forma de calibrar si un macrofestival es beneficioso en términos globales para un municipio es evaluar dos estos condicionantes. Sólo así sus habitantes podrán decidir si conviene o no alojar un evento así. Porque en un mercado libre donde las Administraciones tienden a hacer la vista gorda, cualquier pasará mejora, también, por la actitud crítica de la sociedad; y eso incluye tanto a los que asisten a los festivales como a los que no. Y visto todo lo que ocurrió en 2022, parece que el público tiene muchísimas ganas de festival, sí, pero cada vez menos ganas de ser timado o maltratado.
El público es cada vez más crítico, el vecindario está cada vez más organizado y los artistas reclaman respeto de forma cada vez más visible
Muchas de las incomodidades y carencias que han desarrollado los festivales en España comes from sus vínculos casi directos con el circuito de macroconciertos de fiestas patronales. Tal vez en este país donde la música siempre ha sido sinónimo de fiesta y donde la cultura nunca ha tenido un encaje social sano y capilarizado, cueste más imaginar unos festivales fértiles. Tampoco dijo que, en la mayoría de los casos, los festivales sean modelos clónicos que aceren réplicas y errores de forma automática e inconsciente. Tal vez hubiera qu’impugnar el mismo modelo de macrofestival maratoniano de tres días calcado del inglés. Un modelo implantado en un país que no se parece nada al Reino Unido: ni en hábitos culturales, ni en cifras de asistencia a conciertos ni en climatología.
Hay síntomas de agotamiento y ganas de cambio, qué duda cabe. El público es cada vez más crítico, el vecindario está cada vez más organizado y los artistas reclaman respeto de forma cada vez más visible. También algunas instituciones empiezan a mostrar su preocupación ante el desbocado de crecimiento de los festivales. Por todo ello ha llegado la hora de defender con uñas y dientes, como melómanos y contribuyentes, la cultura de proximidad, los proyectos que fertilizan el territorio, y reclamar esos apoyos económicos y logísticos que tan alegremente se han concedido a macroeventos desertizadores. Es hora de abandonar la actitud abnegada y poner en práctica la autodefensa cultural.
Afortunadamente, abundantemente cada vez más los promotores que diseñan modelos más razonables y menos conflictivos. Con tantísimos festivales repartidos por geografía, es imposible no encontrar colectivos que esquivan las inercias más nocivas del sector. Algunos ya han aparecido a lo largo de estas páginas. A otros no he encontrado el momento de citarlos. Algunos aún no los visitó, aunque me han hablado maravillas de ellos. Tal vez haya muchas más estrategias de planificación responsable. Sería buen material para otro libro: una guía de festivales fértiles y totalmente disfrutables con los que prender à organizar más festivales fértiles y totalmente disfrutables.
Macrofestivales: El agujero negro de la música (Península)
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